Velocidad, a más de 200 dijeron, kilometros por hora era.
Traje con vaqueros y una americana de color negra, cinturón de color negro a juego con todo lo que decían que era de todo tipo de color. Peinado tipo modelo de gafas rayban y un piti en la boca, salió a buscar. Sé suponía que esa era la mejor historia de ficción, de los cuentos, no era de princesas claro, era de amor, de sentirse en lo alto del cielo.
¿Sabéis? Esa es un historia, la historia con la que todo tipo de personas soñamos, con la que nos dormimos pensando, con la que lloramos en la butaca de los cines; con la cocacola a la derecha de tu asiento y las palomitas tiradas por el suelo. Muy típico.
La velocidad era lo que más importaba en el texto, en el guión alternativo, la pequeña secuencia censurada, los besos con pasión y la lujuría de las palabras, era lo mejor, la mejor vista de los ojos y el juego de los labios cuando susurraban ese te quiero en medio de un polvo, de una entrega por y de amor.
Cuando la pasión era el infarto del corazón, venía y te decía, te ayudaba, te conseguía.
Te conjugaba el verbo amar con el simple beso de buenos días y el de hasta mañana si Dios quiere, o si no quisiera volvería a la mañana siguiente a despertarte con el desayuno.
Dicen que las escenas de película no existen, lo pongo en duda, sé que existirán. Los amores no son para siempre ni menos para toda la vida, todos acabamos soñando con el cielo. Pero no hay historia perfecta, ni la mía con el amor de mi hombre es perfecta, pero se consigue cada día con más emoción.
Las peliculas son el propósito de vida, el guión con fallos, el prevenir de las cosas.
Amor, el amor es el auténtico guión que se mezcla con la vida, eso es amor, una película.
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